miércoles, 7 de julio de 2010

¿El pulpo Paul es más que Diego?.

Ay, ay, ay, cómo arde, cómo duele.
Es raro ver cómo, mientras la sociedad futbolera y no tanto se pelea por ver quién defenestra más a Diego o quién las tiene tan grandes como para bancarle la parada al Master Of The Soccer, un molusco cefalópodo que jamás vió una pelota en su vida acierte "accidentalmente" un deporte hiper profesionalizado, se manejan millones de dólares y donde casi nada se deja librado al azar.
Y, entonces? Qué hacemos con los que opinan que el fútbol es un deporte-ciencia donde la tendencia es a la brillantez en la confección de jugadas y movimientos ajedrecísticos? Qué podrán argumentar los que califican de superchería (engaño, dolo, fraude) a la era maradoniana cuando nos volvimos en primera ronda en el mundial 2002 con un técnico tan admirable como obsesivo por la perfección del pizarrón?
Démosle una chance al azar, a la buena o mala fortuna, al pasto mal cortado, al pocito que hizo un topo antes de picar la pelota, al error del arquero, al fallo del árbitro, a los metros sobre el nivel del mar o al peso específico de un pedazo de cuero, media o diario que llamamos pelota.
Admitamos que en el fútbol el estado de ánimo pesa, influye y confluye a que todo lo que practicamos en la semana se desmorone en 3 minutos malparidos que tenga un defensor.
Merecemos pensar un poco más si tanta tecnología puesta al servicio de los cracks del balompié estilo Messi, que los convierten poco más que en reyes sin corona, donde tocando un simple botón tienen todo lo que deseen podrán proveerte de algo tan menospreciado como el "amor propio".
Ese amor propio, tan abominado, que ha sido y será la causa por las que personas que no tienen nada, de nada, de nada, se levantan todos los días para salir a pelearle mano a mano a la puta vida y sus foules malintencionados.
Ese humillado, por los intelectuales de la diosa opinión, amor propio que un tal Carlos Monzón definió, con la dura lección que te da la realidad, de esta manera: "Cuando subo al ring sólo pienso en destrozar al que tengo enfrente, porque él viene para sacarme algo que es mío, le está sacando la comida de la boca a mis hijos."
Así de duro, así de verdad, así de complejo.
Amor propio es lo que te permite concretar lo que soñaste aún cuando las cosas se vean feas, a pelear aunque estés sólo, a seguir respirando aunque estés al borde de la muerte.
Eso tienen personas como Diego Maradona, logró campeonatos con un paupérrimo Nápoli, no con un riquísimo Barcelona, sobrevivió a Villa Fiorito, murió y mató tantas veces que de sólo contarlas me llenan el alma de dolor...y sigue.
El amor propio es el plus ultra que necesita una persona para estar un paso adelante, el que te hace ser un ganador aunque tengas enfrente a un rival con las mismas condiciones físicas, psíquicas y económicas.
El amor propio que a muchos les molesta porque no hay libros científicos que lo avalen, no se estudia en ninguna universidad y no tiene título reconocido por el Ministerio de Educación, porque sólo el que alguna vez se encontró con el hambre, la soledad o la muerte puede reconocer.
Eso que le sobró a Maradona, hambre físico, le falta a Messi, hambre de amor propio.
Pero es más fácil decir que Diego es un tipo que no sabe nada de fútbol, que es un negro de mierda, un delincuente, un fraude, un gran vendedor de humo que sólo puede dar arengas.
Diego es dios y el diablo en una misma persona y probablemente no tenga la capacidad de los genios de la historia de la humanidad pero conoció el infierno más veces que el mismísimo diablo y...está.
Merece un poco de respeto. La misma que le dan a un molusco con futuro de cacerola llamado Pulpo Paul.
Es fútbol y en el fútbol todo puede pasar, hasta que un pobre con destino de estadística sea reconocido, amado e idolatrado en el mundo entero, casi, casi como en la vida real.

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