jueves, 5 de marzo de 2009

21 años de soledad.

20 años no son nada pero 21 sin Alberto Olmedo es una eternidad.
Ese sábado 5 de marzo de 1988 fue duro para mí. Tenía 13 años y un nudo en mi garganta cuando me enteré que el tipo que me hacía reir todas las semanas y me daba una bocanada de viento a favor a mi vida miserable y llena de necesidades estrellaba su estrella en Mar del Plata.
No me importó lo amarillo del caso, si estaba en pedo, re-drogado y jugando con un gato de cuarta, se me había ido la energía que alimentaba mi sonrisa.
Siempre me acompañará la última imagen del hombre récord de la televisión y el teatro en cueros y con los ojos bien abiertos sobre el verde césped marplatense.
Personajes como Rucucu, El Yeneral, Chiquito Reyes, el manosanta, Álvarez y Borges eran parte de mi cerebro, de mi desequilibrado mundo interior. Repetía sus libretos como si yo estuviera en esa gran joda televisiva.
Era mi isla, donde me evadía del hambre, del frío y la tristeza.
Es una obviedad que nunca me conoció pero yo lo conocía como si hubiésemos sido familia.
Lo quise más cuando leyendo sobre su vida descubrí que teníamos algo en común, días llenos de carencias.
En sus ojos brillaba ese pasado, en su piel ardía ese duro Rosario pero la luz roja de la cámara actuaba como un bálsamo y la vida tornaba color rosa.
Gracias negro, infinitas gracias por hacerme la vida más llevadera, por enseñarme a improvisar, a salirme de este mundo libretado, a romper con todo y con todos.
Nada fue igual después de vos. Y...si no me tienen fe!!!

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